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Argentina vs Egipto

Antier un gentío se reunió sobre las ruinas de Gaza a ver Argentina - Egipto. Casi todos haciendo fuerza por el país africano, pero seguramente entre ellos muchos hinchas de Barcelona y de Messi.

Solo el técnico de Egipto los llevó prendidos con sigo a la cancha. A Messi ya lo habíamos visto estrecharle la mano a quien paga por la muerte de esos niños.

Además vimos banderas sionistas colgadas en la barra Argentina y son números los videos de hinchas argentinos cometiendo actos de racismo y menosprecio contra los hinchas rivales.

Sin embargo, y así el futbol más que un deporte sea un teatro de representación social. Ni Messi, ni sus hinchas, ni el técnico de Egipto representan la complejidad de sus orígenes. Es imposible. Lo que vemos en la cancha a través de una pantalla es incapaz de mostrarnos lo que “son” las naciones. Porque las naciones son diversas, están llenas de disputas, de millones de personas con procedencias, identidades, deseos, traumas y un montón de cosas tan distintas que un jugador de futbol no puede resumir.

Tiene lógica la bandera de Israel en la grada, porque si lo pensamos ¿Cuáles son los argentinos que tienen para pagar 5000 USD para entrar a una cancha de esas? En uno de los países más desiguales de la región, pensar que aquellos que pueden acceder a esa cancha definen todo país es más que miope.

Por otro lado, Egipto es un pueblo que lleva con sigo parte de ese mundo musulmán del norte de África y occidente de la Península Arábica, pero que su gobierno ha mantenido (seguramente por amenaza de Israel) la frontera cerrada a los refugiados Gazaties a los cuales no se les permite abandonar el campo donde son masacrados. La casi dictadura de Al Sisi ha sido benevolente o poco firme y hasta tal vez útil a los intereses gringos y sionistas.

Los dos pueblos han estado marcados por largas luchas en las que el futbol ha tenido mucho que ver: la hinchada del equipo egipcio Al Ahly, el más grande de toda África, fue fundamental para derrocar a Mubarak en aquella “primavera árabe” y recientemente hemos visto como muchas hinchadas populares de equipos argentinos se han reunido en defensa de los jubilados. “Tenés que ser muy cagón para no defender a un jubilado” decía Maradona.

Así, extrañamente y tal vez en contra de quienes tenían la bandera del colonizador en el estadio y de quienes insultaban a todos los negros del mundo. El futbol argentino sigue siendo de socios, es decir de la gente, democrático y participativo. El evangelismo protestante que destruye a a Brasil y a Colombia no ha llegado a sus oídos tan contundentemente. Y hay un montón de equipos que tienen oficinas para la memoria histórica, los derechos humanos y la inclusión de las minorías.

Ya quisiera yo que Atlético Nacional no fuera del mismo dueño de RCN e Incauca. Ya quisiera poder votar por un presidente de mi equipo que no fuera de esa clase para la que yo nunca he existido.

Con esto no lo quiero mermar importancia al peso de los actos argentinos, ni mucho menos a los del gran Hossam Hassan. A pesar de que los que insultaron y cometieron actos racistas en la tribuna no representan a todo un pueblo, si son el resultado de las mismas fuerzas que llevaron a que Javier Milei sea el presidente de Argentina hoy, y eso no es menos.

Por otro lado Hossam Hassan demostró ser lo que todo el tercer mundo espera de un representante, alguien con el fuego en el estomago para no salvarse, para hablar de quienes sufren en este mundo de injusticias, para enfrentarse en cancha visitante y con los taches arriba a las fuerzas imperiales y genocidas que cubren el mundo con sus empresas y sus máquinas. Para Hassam mi amor eterno, para Diego Maradona también.