Saturday Afternoon, Fred Yates, 1953
Aunque hay muchos registros de juegos de pelota con los pies que se remontan a muchos siglos antes, el fútbol como el deporte que conocemos actualmente nace con el albor de los deportes a finales del siglo XIX entre las clases más pudientes del Reino Unido. Rápido se expandió por toda la sociedad británica, al resto de Europa y algunos de los países de otros continentes con los que los británicos tenían relación. Parte de su rápida expansión se debe a su fácil configuración, 11 personas disputan 1 balón contra 11 personas, el objetivo de esta disputa es meter el balón en una puerta custodiada por el contrario, el que meta el balón la mayor cantidad de veces gana. Los materiales de la disputa son un balón o algo que se le asemeje, 6 palos (3 por cada puerta) y un campo lo suficientemente plano como para que el balón no se incline hacia ningún bando. Es el sueño de la horizontalidad, de la igualdad, en los primeros días de muchas democracias el fútbol funcionaba como ese duelo que sublimaba el combate y lo cambiaba por un acto más equitativo, donde las victorias se conseguían no por la eliminación del otro, si no por la virtud colectiva.
Debe ser por esta última razón que el fútbol se incrustó rápidamente en las clases obreras de una Gran Bretaña industrializada que como bien explicó Alain Touraine, estaba dominada por la disputa entre Working Class y Gentlemen. Los trabajadores podían disputarle a sus patrones victorias, ya no solo por la vía política, si no también en el juego, en el tiempo libre, en un espacio donde la propiedad y el capital no tienen ninguna importancia, en un espacio de igualdad de condiciones.
El fútbol fue un lugar para la representación de diversos movimientos y grupos sociales en todo el mundo, que a través de un contrato depositaban en esos 11 jugadores el autoestima de la victoria. Pero no solo la representación era importante, también la acción política misma, la asociación permitía el encuentro y el encuentro permitía acción colectiva.
Por ejemplo, el Liverpool FC se convirtió en el equipo de los trabajadores metalúrgicos y portuarios que hoy disputa uno de los clásicos más antiguos del mundo con el Manchester United, un equipo de tradición más noble. En Argentina, Independiente le debe su camiseta roja al comunismo, Argentinos Juniors (el equipo donde Maradona debutó) fue fundado por una alianza de sindicatos anarquistas y comunistas, San Lorenzo fue fundado por la iglesia católica y Chacarita Juniors se fundó también gracias al Partido Socialista. En Escocia, el Celtic se fundó por inmigrantes irlandeses y católicos de corte independentista, en España el CE Júpiter fue el hogar de los anarquistas que años después escondieron las armas bajo las gradas para combatir a Franco. Como estos hay muchos ejemplos, que pueden ser leídos en los juiciosos libros que la Editorial Panenka ha sabido poner al público: Fútbol y Anarquismo de Miguel Fernández y Grada Popular de Ignacio Pato.
El primer mundial de fútbol se disputa en 1930 y con este se inaugura la lucha máxima suplantada, la guerra, pero por un balón. Las ideas de lo épico, lo definitivo, lo eterno, lo superior, asociado a una nación, empezaron a tener cabida en un deporte que comenzaba a prosperar. Debe ser por esta razón que el segundo mundial de la historia se celebraría en Italia en 1934 en pleno apogeo Benito Mussolini, quien a través de la presión a su propio equipo, árbitros y rivales logró obtener el primer título mundial para Italia en representación de los máximos valores del fascismo.
Recién acabada la segunda guerra mundial y recién fundada la ONU, el fútbol fue el deporte ideal (al ser el más global) para esa buena lucha formal y democrática donde los países combaten su superioridad sobre otros sin arrasarse entre sí. Pero un mundial no es un evento al que mucha gente pudiera acceder, así que la creación de la televisión fue la vía perfecta para su difusión.
En 1954 se transmite el primer mundial de fútbol y el juego cambia para siempre. Siguiendo la línea de Regis Debray, el fútbol empieza a habitar en el mundo de las imágenes de la videosfera como uno de sus huéspedes predilectos, domesticando, almidonando al sofá toda esa nueva enorme gran “audiencia” que no cabía en los estadios.
Digo domesticando, porque de alguna manera ha podido contener al gran público de esa asociación conspirativa que fue tan común a principios del siglo XX. La transmisión ha impregnado al deporte en general los valores televisivos, visuales, del mass media, en los que individuos atomizados frente a sus pantallas no tienen un lugar de encuentro y se dedican a observar superestrellas, con super sueldos, que ya no juegan en representación más que de sí mismos.
“Lo visual envuelve a la aldea en sus muros, mientras que la imagen producía una ruptura en nuestras defensas” (Debrays, 1994). El fútbol nació en la era de la imagen, rompía las defensas de la estructura social, la televisión propia de lo visual, nos contuvo dentro de esta.
Nos hizo creer que podíamos viajar de estadio en estadio con un control remoto, miniaturisamos el mundo al rectángulo luminoso y el fútbol, lo resumimos a la señalética y a las acciones fragmentadas dentro de un campo de juego. La televisión nos dio una vista privilegiada del rectángulo verde de la cancha, desde occidental, desde un ángulo superior, desde los palcos, mirando hacia abajo, omitiendo sur y norte (las tribunas populares), sin mallas, sin la cabeza de los otros en la grada, sin insultos, sin vendedores, sin cánticos, nada. Solo la imagen para ser contemplada, sin autor, sin pasado, descarnada de un ambiente, de un gentío, de esperas, de filas, de hambre, de todos esos momentos intermedios en los cuales está inmersa la experiencia humana. Solo la acción fue importante, el evento noticioso, el presente domado y enmarcado por el encuadre de las cámaras de la transmisión y sonido casi meditativo e ininterrumpido de los 2, 3 o 4 comentaristas y locutores empeñados en decirnos qué pensar y como sobre el devenir del juego.
Llegar a la casa y prender el televisor para ver fútbol después de trabajar es un acto de placer, de descanso, la imagen tiene esa función relajante, anestesiante. Se opone al esfuerzo físico qué implica ir al estadio, además del costo, se debe asistir mínimo una hora antes, salir entre el gentío y caminar tal vez un buen rato, hasta encontrar un transporte. Libre de esfuerzos la televisión nos selecciona del estadio lo luminoso, quita esas feas vayas que ponen de vez en cuando en la tribuna qué dicen “Palestina libre” o “Educación gratuita y de calidad” y nos deja solo en rendimiento individual los 11 en cancha. Transmite en caliente, dándonos ese chorro de instantes que son las jugadas, vivimos dentro de la afirmación del ahora del momento imperdible, del gran gol, de la mejor gambeta, del desborde, de la indisciplina, de la pelea, de la decisión arbitral, de la novela.
El nosotros se tornó difuso, el equipo, para poder habitar con holgura en la videosfera, pasó de representar trabajadores, sindicatos, grupos religiosos y demás sectores sociales a convertirse en una marca con un nicho de mercado específico que ora a un Star System específico lleno de espíritus positivos “no tan dispuestos cambiar el mundo, si no a labrarse un sitio en él” (Debrays, 1994). “Candidatos simbólicos a la supervivencia social” (Debrays, 1994), jugadores de fútbol que ya no juegan, sino que operan las máquinas de sus cuerpos en una rigurosidad hiperproductiva. Por eso las historias de superación son tan importantes en la televisión futbolera, nos hace creer que el esfuerzo positivo dentro de la configuración establecida por los poderes que controlan la transmisión (corporaciones por lo general) es suficiente para triunfar, elimina ese campo plano en donde 11 jugadores juegan contra 11, y nos vuelve a hablar del individuo y sus méritos derivados de su capacidad de adaptación al orden. La primera super estrella, Pelé, fue uno de sus más funcionales individuos, modelo, ejemplo, supo encarnar en sí mismo todos los valores de una sociedad visual quien le adoraba a través de su imagen, en ese arcaismo tan propio de la videosfera, en ese rezo que era propio de la era de los ídolos, cuando las imágenes eran un vínculo con dios. Pero Dios no era Pelé, tampoco Maradona, tampoco Messi, ni Cristiano, dioses son sus imágenes, porque en ellas no están ellos, sólo sus símbolos, la convención qué la televisión ha establecido de cada uno de ellos.
La idea de domesticación nos habla de unos animales ferales que fueron ajustados a la vida humana sedentaria. En el fútbol esos animales, se acoplaron a los múltiples dispositivos por los cuales se transmite el chorro de eventos de los cuales no obtenemos nada más que la más mínima parte, la jugada, pero ni siquiera una jugada en su complejidad, en donde hay rivales, gritos, una temperatura, una presión, sino una jugada reducida a unas figuras que chocan entre sí en unas pantallas que no son nada más que luz emitida en pequeños puntos que cambian de colores más de 60 veces por segundo. Sin embargo, como todo animal feral, el ser humano del fútbol aún vive, la videosfera no ha asesinado completamente la acción política, precisamente en esos espacios que la televisión omite, en esos lugares donde se cuelgan pancartas de las que nunca nos hablan esos representantes de los medios corporativos, en este momento se desarrollan muchos proyectos que se preguntan por nuevas formas de relacionarnos dentro de una cancha. Esos espacios de marginación y violencia derivan cada vez más en lo que ahora se empieza a llamar desde el estado: “Barrismo Social”, pero que anteriormente se ha llamado Hinchadas Antifascistas o Fútbol Popular. Proyectos inconclusos, proyectos en desarrollo, pero que hablan de una resistencia a la presión corporativa que a través de las imágenes televisivas dominó el fútbol.
Pero no es solamente la acción política la que tiene sentido fuera de la televisión, el goce colectivo, el cansancio, la rabia, la música, el color, el debate, la conversación, la incomodidad, el aguacero, las caminatas, los amigos, la familia, el aire, el temor por un devenir insólito de un hombre frente a una pelota en representación de millones de hinchas, forman parte de un mundo en donde la videosfera en su naturaleza fugaz y constante no ha logrado relativizar el encuentro, lo ha cambiado, si, pero no para siempre, no en su totalidad. En donde cada cosa no es una imagen seguida de otra sino precisamente un todo complejo, para ser pensado lejos de las abstracciones libres de la televisión, el criterio.
“Un pueblo no entra por la pequeña pantalla. Encuadre imposible” (Debray, 1994).