Las primeras imágenes fueron rugosas, pintadas con arcillas, disueltas con saliva y grasa, sopladas, restregadas contra los muros irregulares de las cavernas, alumbradas por un fuego móvil que seguramente las hizo bailar en la penumbra. Las primeras imágenes fueron todo menos planas, lisas y asépticas. Fueron el resultado de un acto corporal y material, que pareciera decir que los seres humanos duplicaban su ser y al mundo contra las piedras de Lascaux, Chauvet o Altamira.
Los inventores de la imagen tuvieron como principios de composición la profundidad y la tridimensionalidad, no de las imágenes por sí solas, sino de los soportes de las mismas. Algunas de esas imágenes solo se pueden ver completamente desde un lugar específico de la caverna en el que dos muros parecen juntarse. La caverna era entonces parte de la obra, y el espacio y el punto de vista siempre fueron fundacionales.
Las imágenes se fueron aplanando en el neolítico, en el mundo antiguo, en las oscuridades de Occidente y, por supuesto, en ese renacimiento que abrazó la perspectiva italiana como una forma de entender, de una vez por todas, las dimensiones del mundo. Los lienzos, los frescos, los papeles, los cueros, los pigmentos, nos alejaron de a poco de esos primeros actos de secreción y fricción.
No fue, sin embargo, hasta que la imagen se proyectó en los bombillos y se empezó a duplicar en cuartos oscuros que pareció perder sus orígenes corporales. Rompiendo el caldero mágico de donde salían todas las tintas, el celuloide y su cadena de producción nos hicieron cada vez más distantes de las manos obreras que picaban (y pican aún) los trozos de plata sobre los que se revelan las imágenes químicas. El hechizo estuvo consumado a principios de este siglo, con la imagen digital e internet.
Las imágenes que producimos actualmente solo nos son accesibles a través de pantallas, gatilladas por máquinas que reproducen softwares que, a su vez, decodifican códigos binarios transformados en otros códigos contenidos en archivos con apellidos como JPG, PNG, TIFF, etc. Estas máquinas son construidas y distribuidas por cadenas de producción tan fragmentadas que es difícil entender la particularidad de los materiales que componen los circuitos y los sensores de las cámaras y los computadores que prenden y apagan las fotografías y los videos que acompañan nuestra vida. A veces, nos llegan noticias del Congo, que nos dicen que hay gente que muere aplastada buscando coltán para construir estas máquinas. A veces sabemos de un territorio y un ecosistema con una draga que le drena por un material que se oculta en las entrañas invisibles de nuestros celulares, otras veces sabemos de invasiones, de amenazas, de geopolítica, de relaciones comerciales que se establecen a causa de estos minerales misteriosos. Pero lo sí sabemos con absoluta certeza es que hemos perdido el rastro de la tierra.
Internet también ha llenado de palabras evasivas su constitución material. La más famosa de todas, “La Nube”: una red de servidores que almacenan toneladas de información conectada y accesible en cualquier momento a cualquier persona desde cualquier lugar del mundo. Una red de servidores que crece y se duplica por todo el globo en grandes complejos de bóvedas, de cajas negras indescifrables.
Lo indescifrable, lo misterioso, lo oculto, lo latente, lo invisible y lo subterráneo se vuelven entonces elementos constitutivos de las nuevas imágenes con las que habitamos el mundo. La fotografía de mi gato de pronto levita en un éter de cosas impensables.
Superficies es un proyecto que explora este misterio, no para evidenciarlo, porque para evidenciarlo basta con mirar la pantalla apagada de nuestros celulares. Sino para encontrar dentro de este todos los afectos que pareciera negar su frialdad lumínica, blanca, codificada, matemática y técnica. Hago latente, pero no evidente, mi propia historia.
Golpeo contra las superficies de las pantallas buscando las grietas entre los píxeles, pero no encuentro sino la materia pura del vidrio que me separa de los mismos. Estoy en silencio en este cuarto oscuro, viendo televisión en medio de una cuarentena infinita.